Sofía –del Siglo de las Luces- es una mujer perteneciente a una familia pudiente de Cuba que se educa con monjas pero, tras la muerte de su padre, vuelve a su casa a vivir con su hermano mayor, Carlos y con su primo, Esteban. En la historia, Sofía es una presencia importante y particular, ya que su condición de mujer la hace aún más compleja como personaje pues se sale del típico encasillamiento al que están limitadas la gran mayoría de mujeres de la literatura, pues “si nos situamos [ ] en la Europa occidental, la encontramos [a la mujer] enaltecida y adorada como diosa, o envilecida y degradada como cosa, pero en la mayoría de los casos, olvidada como mujer” (Zúñiga, 4). Sofía transgrede esta clasificación, pues es a la vez un poco diosa y un poco cosa, o para ponerlo en el plano de la religiosidad, un poco María y un poco Eva. Pero, es también más que dos partes de una dicotomía; Sofía es un personaje que se desarrolla no sólo con relación a un hombre, sino también con relación a sí misma y a su ideal revolucionario.
Sofía es un personaje que cobra protagonismo al fina de la obra, pues aunque desaparece durante el largo viaje de Esteban entre Europa y América, cuando reaparece lo hace fortalecida por la pasión que adquiere por la revolución cuando es apenas una adolescente, y que se presenta inquebrantable aún frente a su condición de esposa y ama de casa, esto lo sabemos por la mantuana quien nos revela que “había esperado. Nada más. Los años habían transcurrido, sin marcar, sin remover, entre Epifanías sin Reyes y Navidades sin sentido para quienes no podían acostar al Gran Arquitecto en un pesebre” (Carpentier, 304). Sofía había esperado el momento de participar en la revolución activamente apoyando a Victor Hugues -un gran hombre de la revolución- “no por ello dejaba de soñar grandes cosas, un día, junto al hombre a quien se había atado. Un ser de tal fuerza –pensaba ella- no pasaría mucho tiempo sin lanzarse en alguna empresa magnífica” (Carpentier, 307). Cuando abandona Cuba para unirse a Victor Hugues en Cayena, Sofía se siente feliz y disfruta de la compañía de su amante sin mayores preocupaciones.
Sin embargo, cuando parece que todo en la vida de la cubana ilustrada es perfecto, ella descubre las arbitrariedades de Hugues en el poder y su desengaño es tal que lo abandona. Este es el largo transcurrir de Sofía tras el cual descubre que sólo con su libertad puede cumplir su necesidad de “hacer algo” (Carpentier, 339).
La libertad de Sofía se hace manifiesta a través de su ruptura con el hombre, y esto se hace manifiesto en tres episodios diferentes dentro de la historia. El primero, cuando su padre muere y ella se rehúsa a volver al convento: “Sintiéndose rondada por las monjas que la instaban –tenazmente, pero sin prisa; suavemente, pero con reiteración- a que se hiciera sierva del Señor, Sofía reaccionaba ante sus propias dudas, extremándose en servir de madre de Esteban.” (Carpentier 21). El segundo, cuando muere su esposo Jorge y ella parte al encuentro de Victor Hugues. El tercero, cuando abandona a Victor Hugues y se va a vivir a España con su primo Esteban. Elmare dice al respecto “Una reveladora simetría quiere que sea la muerte de un hombre –el padre primero, el marido después- lo que en cada uno de estos casos la libere. La ruptura final con Victor Hugues entraña también una liberación de toda tutela patriarcal” (66).
Y tras esta ruptura con lo patriarcal aparece la total posesión de lo propio, que en Sofía se ve reflejada por una parte, en el descubrimiento de su cuerpo:
“Sofía descubría, maravillada, el mundo de su propia sensualidad. De pronto, sus brazos, sus hombros, sus pechos, sus plancos, sus corvas, habían empezado a hablar. Magnificado por la entrega, el cuerpo todo cobraba una nueva conciencia de sí mismo, obedeciendo a impulsos de generosidad y apetencia que en nada solicitaban el consentimiento del espíritu. Regocijábase el talle al sentirse preso; apretaba la piel su estremecido contorno en la mera adivinación de un acercamiento. Sus cabellos, sueltos en las noches de júbilo, eran algo que ahora también podía darse a quien los tomaba a manos llenas” (Carpentier 305)
Por otra parte, en la total libertad que adquiere de su sexualidad tras abandonar a Victor Hugues:
“Aquella noche, para irse acostumbrando nuevamente a la soledad, Sofía se entregó al joven oficial de Sainte-Affrique, que la amaba con wertheriano recato desde su llegada a la colonia. Volvía a ser dueña de su propio cuerpo cerrando, con un acto a su voluntad debido, el ciclo de larga enajenación”. (Carpentier, 329)
El final de Sofía es trágico, pues estando en Madrid, decide salir a protestar junto con los españoles en contra del régimen napoleónico el 2 de mayo de 1802 y se pierde en la multitud junto con Esteban. Esto podría parecer un acto suicida, pues Sofía se lanza a las calles de una patria que no es la suya por una causa que no es la suya; sin embargo, Elmare hace énfasis en que no se puede ver esto como un suicidio pues “el suicida renuncia a la sociedad, mientras que los personajes del Siglo de las Luces se encuentran y se pierden en ella. La muerte que eligen es pública [es] una acción dotada de un contenido raigalmente colectivo y político” (Elmare, 17).
Este conjunto de características hacen de Sofía una mujer que rompe con los esquemas planteados por el discurso falogocéntrico porque por un lado, abandona el ámbito de lo privado –el hogar- para vivir y morir en el de lo público –las calles madrileñas que representan la revolución—. Por otro lado, deja de lado la naturaleza pasiva que se le ha impuesto a la mujer e invade el campo de la acción propio del hombre con su lema repetido innumerables veces: “hacer algo”.
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