En sociedades explotadas y oprimidas, el discurso oficial cobra una fuerza brutal ya que busca silenciar las voces de los vulnerados. Es este el caso de América, un continente cuya historia está escrita por la mano de los vencedores, que son los europeos que retornaron a casa y no la de los americanos que echaron raíces en estas tierras. En este sentido, la historia americana se ha tornado en un murmullo que por no acoger las voces de sus verdaderos protagonistas, ha quedado relegada a los anaqueles haciendo de los latinoamericanos personas enajenadas, sin memoria y, por lo tanto, sin herramientas para cambiar su condición de nacionales del tercer mundo.
Es en este contexto, que surge el escritor latinoamericano del siglo XX cuyo primer rasgo es la concientización de la disparidad existente entre el plano artístico y el plano social: “La convicción de que partieron fue el desajuste entre las formas literarias y la sociedad latinoamericana” (Rama, 100) y, por lo tanto, de una falta de compromiso frente a la realidad americana.
Al asumir esta ruptura, el escritor latinoamericano emprende un esfuerzo por la vinculación de la sociedad y las formas literarias, primeramente a modo de copia y apropiación del sistema literario europeo, pero luego desemboca en una narrativa regional desplegándose así el propio vanguardismo latinoamericano: “Hacia 1910 América latina había constituido ya un sistema propio, dentro del cual se había alcanzado (…) una riqueza de posibilidades que (…) recobra cuando la apertura focal nos permite incorporar a toda América latina como un único sistema literario común.” (Rama, 111) O como dice J. Lafforge, “algunos trataban de hacer un arte de vanguardia en un país subdesarrollado en revolución” (Rama [et al.], 22)
El contacto con el mundo europeo y sobre todo con esa concepción del Eurocentrismo fue el motor que llevó al escritor latinoamericano a iniciar, a través del lenguaje, una búsqueda de lo propio, de la identidad que América no tenía erigida; de manera que es a partir de la otredad que se desentraña la esencia del continente y se logra construir un imaginario social.
Es así como renace la literatura latinoamericana, la cual alcanza su mayor esplendor en uno de los movimientos literarios más grandes y difundidos de las tierras hispanohablantes: El Boom latinoamericano, dentro del cual se empieza a fortalecer la novela histórica como género, pues en ella “los habitantes del pasado recobran imaginariamente su calidad de sujetos y se reintegran al orden de la praxis” (Elmore, 30). De esta manera, se recrean las víctimas y los victimarios en un diálogo que no sólo trata del pasado, sino también del presente, porque como dice Espinosa “Hay que recordar siempre que en la novela, así se ocupe del pasado más remoto- Grecia o Babilonia-, el escritor asume una posición de su tiempo, porque él no puede ser sino producto de su tiempo.” (59, 2002)
Éste y Carpentier, autores latinoamericanos se remontan al mismo período –Iluminismo- para reflexionar sobre el devenir histórico de la sociedad a la que pertenecen. Es claro que el tratamiento que le dan a la época que los convoca es diferente, pues como dice Espinosa, cada autor está sujeto por su propia temporalidad y en general, a su propio contexto socio-histórico, y cabe recordar que Carpentier es cubano y perteneciente al Boom, mientras que Espinosa es colombiano y su obra aquí tratada de 1982. Sin embargo, hay algo que los une, y es que desde la revolución como posibilidad de cambio y desde lo mestizo como tema de reflexión, se esboza el perfil de una nueva identidad americana.
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