martes, 3 de junio de 2008

SEMILLAS...

Genoveva y Sofía se convierten en una nueva oportunidad no sólo para el hombre sino para la sociedad latinoamericana como colectividad pues “con ellas y a través de ellas recorremos el camino que identifique, redima y legitime al hombre latinoamericano, que vive intensamente el conflicto de Hamlet: <> y porque quiere ser, escudriña en la imagen, en la palabra, el punto de partida para el encuentro del ser con el ser, en donde se produce la verdadera identidad” (Zúñiga, 9)

REVOLUCIÓN E INDEPENDENCIA: SOFÍA Y GENOVEVA

Se ha discutido mucho sobre la influencia que tuvo la revolución francesa sobre la independencia de Latinoamérica, siendo la parte más importante el cuestionamiento sobre la relevancia de esa influencia y si fue ella el detonante de la independencia. No importa, para el objetivo de este análisis, cuales fueron los fenómenos que pesaron más —los que ocurrían en Europa con la revolución o los que surgían en América con la creación de una nueva conciencia americana— sino lo que en conjunto produjeron en la conformación de una identidad del nuevo continente, y como en Genoveva –—personaje principal de la tejedora de coronas—- y Sofía - personaje del Siglo de las luces- se nos muestran a través de un viaje que combina la afirmación de la identidad americana, con las búsquedas personales de los personajes como personas y como mujeres, que viven su época con el valor que requiere su sexo en una situación de desventaja. Sofía y Genoveva, aunque son narradas de formas distintas —Genoveva narra su historia en su totalidad, Sofía en cambio, es narrada— y son diferentes en algunos aspectos —en el modo de llevar su sexualidad, por ejemplo— son mujeres que sobresalen por su sed de libertad y conocimiento, que participan activamente en las actividades intelectuales y revolucionarias y su preparación intelectual esta al nivel de los hombres ilustrados de su tiempo. Por ese motivo, su existencia en la novela no refleja solo la superficialidad de los sucesos, sino que saca a flote lo trascendental, lo mas profundo del ser humano –aspecto fundamental en la novela según Carpentier, como vimos anteriormente—con sus ideales, búsquedas, miedos y con la libertad de elegir entre un mundo de posibilidades.

GENOVEVA, LA TEJEDORA DE CORONAS DE ESPINAS

Genoveva de Alcocer es una joven bella, hija de un militar español perteneciente a los escuadrones que batallan desde América contra Francia en el S. XVII, por lo cual ha vivido toda su niñez y parte de su juventud en Cartagena. En la historia, Genoveva es una mujer atípica por sus conocimientos sobre astronomía, su interacción con grupos intelectuales en Europa y por su comportamiento libertino que se ve reflejado en las múltiples relaciones que sostiene durante sus viajes.
Genoveva es el personaje estructurador de la novela pues es a través de sus ojos que se muestran casi dos siglos de la historia, los precedentes a la Revolución Francesa y a la Independencia de América. La racionalidad es el rasgo dominante en Genoveva; desde joven tuvo la posibilidad de interactuar con la ciencia gracias a su primer amor, Federico Goltar, hombre fundamental en su vida pues es quien la introduce en la astronomía y el saber científico, y además porque designa con su nombre uno, o tal vez el único de sus descubrimientos: un planeta que parece ser solo una estrella pero que posteriormente se reafirma como el planeta Urano.

Genoveva vive en Cartagena la dura Inquisición española y el ataque de las naves francesas lideradas por el barón de Pointis, y a pesar de la situación histórica y los impedimentos sociales, ella abandona el cuerpo del Santo Oficio, se empieza a descubrir como individuo a través de su corporeidad, se despoja de los tabúes de la época y explora su cuerpo, al principio con temor por su educación religiosa:

“(...) Pues ir desnuda era un reto para el Señor y un rayo podía muy bien partir en dos la casa, pero tendría que volver al cuarto, en el otro extremo del pasillo,(...) de suerte que me arriesgué y desceñí las vestiduras, un tanto complicadas según la usanza de aquellos años, y quedé desnuda frente al espejo de marco dorado que reflejó mi cuerpo y mi turbación, (...) del cual ahora no conseguía enorgullecerme como antes, cuando pensaba que la belleza era garantía de felicidad.” (Espinosa, 9, 1982)

Pero posteriormente lo hace sin temor alguno y emprende una búsqueda del conocimiento, una forma de prolongar la herencia de sabiduría que le dejo su amado Federico, una búsqueda de la ilustración a través del sexo. Su primer paso es dejar América y aventurarse en el viejo continente junto a Pascal de Bignon y Guido Aldrovandi, geógrafos europeos que establecen una relación amistosa y sexual con Genoveva en la ciudad amurallada.

La dualidad, entonces, acompaña siempre a este personaje; Genoveva se está moviendo ahora en constantes dicotomías: Europa y Cartagena, razón e instinto, la logia y la brujería, la claridad y la oscuridad.

La relación con François-Marie, quien después se hará llamar Voltaire, es primordial pues marca su ingreso en el mundo intelectual europeo. François la lleva a conocer La logia de Notre-Dame, a la que pertenecen también Bignon y Aldrovandi y a la que, posteriormente, Genoveva, después de unas pruebas, logra integrarse. El objetivo de esta logia era estar siempre adelante del conocimiento preguntándose el porqué y la raíz de los fenómenos sociales, preguntas que Genoveva siempre se formuló, por lo que su papel en la logia fue de gran importancia, pues además de cumplir con su tarea de difundir la logia en diferentes ciudades de Europa, en especial en España, logro allí compilar los hechos ocurridos en su Cartagena remota:

“Muy poco era lo que podíamos esperar aun de la propia logia Matritense, cuyos miembros más liberales se confesaban recalcitrantes monarquistas, pero sí pude, gracias a ese eslabón, compilar y compulsar los documentos relacionados con el sitio de Cartagena y la toma de la ciudad por el barón de Pointis, documentos que completé poco después con las relaciones que, sobre los mismos sucesos, hicieron el propio Pointis y el guardiamarina de su escuadra” (Espinosa, 352, 1982)

Esta actitud indagadora caracteriza al personaje a lo largo de la obra y es importante destacar como: “Se atreve a cuestionar conceptos históricos abstractos que desconocen la individualidad o el saber reunido en los tomos de la Encyclopèdie, ante la trascendencia de los hechos ocurridos o por ocurrir en Europa y en su misma tierra.”(Figueroa, 25)

Genoveva compendia en su discurso casi todo el saber de la ilustración; en sus viajes discute con los intelectuales de la época, desde el mismo Voltaire, hasta el pintor Hythancine Rigaud y George Washington, con quienes sostiene relaciones cercanas e incluso influye en ellos, como en el último, con quien impulsa el movimiento político que terminaría en la independencia de Estados Unidos.

La libertad de Genoveva se hace manifiesta, no en su desinhibición sexual, sino a través de su pleno desarrollo intelectual que solo puede lograr lejos del territorio americano y que está atravesado “por una visión vital centrada en la aventura, el amor o la sexualidad como formas de libertad y de individualidad. (...) Sus cánones instintivos terminan por desmontar el aparato de lo razonado” (Figueroa, 19); el concepto de razón en ella evoluciona y toma un giro diferente, para ella “la razón no es ya, como en el S. XVIII, la región de convivencia de principios y verdades eternas, sino una forma tal de adquisición del saber, cuya fuerza dinámica sólo puede comprenderse en el ejercicio continuo” (Figueroa, 23).

La logia creada en Cartagena, última tarea que Genoveva cumple, aparece como resultado de la búsqueda que Genoveva emprende junto a los europeos, es la búsqueda de ese conocimiento que siempre tuvo como fin, de ese prolongar el deseo de Federico de ser un intelectual de la ilustración, y que al final logró a través de su sexualidad y experiencia, vivencias que resume en el siguiente fragmento:

“Me había desprendido hasta de mí misma, pues ya nadie hallaría otra vez en mí, en esas tierras extrañas, a Genoveva Alcocer, a la tejedora de coronas , a la muchacha que se hizo astrónoma empírica para prolongar las huellas de un ser amado, a la alocada mujer que se fue a Europa con par de geógrafos bohemios, a la que un día fue amante del señor Voltaire, a la oscura censadora de deshollinadores de la logia de Cloitre-Notre-Dame, a la que hecho los cimientos de la logia de Madrid, a la dudosa protagonista de un drama racinesco en Aquisgrán, ni siquiera a la bruja malvada que pagó diez años en la Bastilla(...)” (Espinosa, 388, 1982)

Pero la Inquisición la atrapa de nuevo, es acusada por sus movimientos intelectuales sin permiso del Santo Oficio y apresada, esta vez para siempre, junto a la bruja de san Antero quien fue la que le abrió las puertas del conocimiento. Su trabajo está cumplido, su identidad se ha definido, ya ha dejado la semilla de la ilustración en América y ya no puede hacer nada más, su vida debe terminar allí en su celda. Genoveva Alcocer muere por nunca abandonar su objetivo.

Es la transgresión de lo ya establecido, el afán de conocimiento, la búsqueda de lo diferente, de lo no conocido ni determinado, de la propia identidad que se traduce en la identidad americana lo que hace de Genoveva un ícono de mujer latinoamericana.

SOFÍA: LIBERTAD EN LA SOLEDAD

Sofía –del Siglo de las Luces- es una mujer perteneciente a una familia pudiente de Cuba que se educa con monjas pero, tras la muerte de su padre, vuelve a su casa a vivir con su hermano mayor, Carlos y con su primo, Esteban. En la historia, Sofía es una presencia importante y particular, ya que su condición de mujer la hace aún más compleja como personaje pues se sale del típico encasillamiento al que están limitadas la gran mayoría de mujeres de la literatura, pues “si nos situamos [ ] en la Europa occidental, la encontramos [a la mujer] enaltecida y adorada como diosa, o envilecida y degradada como cosa, pero en la mayoría de los casos, olvidada como mujer” (Zúñiga, 4). Sofía transgrede esta clasificación, pues es a la vez un poco diosa y un poco cosa, o para ponerlo en el plano de la religiosidad, un poco María y un poco Eva. Pero, es también más que dos partes de una dicotomía; Sofía es un personaje que se desarrolla no sólo con relación a un hombre, sino también con relación a sí misma y a su ideal revolucionario.

Sofía es un personaje que cobra protagonismo al fina de la obra, pues aunque desaparece durante el largo viaje de Esteban entre Europa y América, cuando reaparece lo hace fortalecida por la pasión que adquiere por la revolución cuando es apenas una adolescente, y que se presenta inquebrantable aún frente a su condición de esposa y ama de casa, esto lo sabemos por la mantuana quien nos revela que “había esperado. Nada más. Los años habían transcurrido, sin marcar, sin remover, entre Epifanías sin Reyes y Navidades sin sentido para quienes no podían acostar al Gran Arquitecto en un pesebre” (Carpentier, 304). Sofía había esperado el momento de participar en la revolución activamente apoyando a Victor Hugues -un gran hombre de la revolución- “no por ello dejaba de soñar grandes cosas, un día, junto al hombre a quien se había atado. Un ser de tal fuerza –pensaba ella- no pasaría mucho tiempo sin lanzarse en alguna empresa magnífica” (Carpentier, 307). Cuando abandona Cuba para unirse a Victor Hugues en Cayena, Sofía se siente feliz y disfruta de la compañía de su amante sin mayores preocupaciones.

Sin embargo, cuando parece que todo en la vida de la cubana ilustrada es perfecto, ella descubre las arbitrariedades de Hugues en el poder y su desengaño es tal que lo abandona. Este es el largo transcurrir de Sofía tras el cual descubre que sólo con su libertad puede cumplir su necesidad de “hacer algo” (Carpentier, 339).

La libertad de Sofía se hace manifiesta a través de su ruptura con el hombre, y esto se hace manifiesto en tres episodios diferentes dentro de la historia. El primero, cuando su padre muere y ella se rehúsa a volver al convento: “Sintiéndose rondada por las monjas que la instaban –tenazmente, pero sin prisa; suavemente, pero con reiteración- a que se hiciera sierva del Señor, Sofía reaccionaba ante sus propias dudas, extremándose en servir de madre de Esteban.” (Carpentier 21). El segundo, cuando muere su esposo Jorge y ella parte al encuentro de Victor Hugues. El tercero, cuando abandona a Victor Hugues y se va a vivir a España con su primo Esteban. Elmare dice al respecto “Una reveladora simetría quiere que sea la muerte de un hombre –el padre primero, el marido después- lo que en cada uno de estos casos la libere. La ruptura final con Victor Hugues entraña también una liberación de toda tutela patriarcal” (66).

Y tras esta ruptura con lo patriarcal aparece la total posesión de lo propio, que en Sofía se ve reflejada por una parte, en el descubrimiento de su cuerpo:

“Sofía descubría, maravillada, el mundo de su propia sensualidad. De pronto, sus brazos, sus hombros, sus pechos, sus plancos, sus corvas, habían empezado a hablar. Magnificado por la entrega, el cuerpo todo cobraba una nueva conciencia de sí mismo, obedeciendo a impulsos de generosidad y apetencia que en nada solicitaban el consentimiento del espíritu. Regocijábase el talle al sentirse preso; apretaba la piel su estremecido contorno en la mera adivinación de un acercamiento. Sus cabellos, sueltos en las noches de júbilo, eran algo que ahora también podía darse a quien los tomaba a manos llenas” (Carpentier 305)

Por otra parte, en la total libertad que adquiere de su sexualidad tras abandonar a Victor Hugues:

“Aquella noche, para irse acostumbrando nuevamente a la soledad, Sofía se entregó al joven oficial de Sainte-Affrique, que la amaba con wertheriano recato desde su llegada a la colonia. Volvía a ser dueña de su propio cuerpo cerrando, con un acto a su voluntad debido, el ciclo de larga enajenación”. (Carpentier, 329)

El final de Sofía es trágico, pues estando en Madrid, decide salir a protestar junto con los españoles en contra del régimen napoleónico el 2 de mayo de 1802 y se pierde en la multitud junto con Esteban. Esto podría parecer un acto suicida, pues Sofía se lanza a las calles de una patria que no es la suya por una causa que no es la suya; sin embargo, Elmare hace énfasis en que no se puede ver esto como un suicidio pues “el suicida renuncia a la sociedad, mientras que los personajes del Siglo de las Luces se encuentran y se pierden en ella. La muerte que eligen es pública [es] una acción dotada de un contenido raigalmente colectivo y político” (Elmare, 17).

Este conjunto de características hacen de Sofía una mujer que rompe con los esquemas planteados por el discurso falogocéntrico porque por un lado, abandona el ámbito de lo privado –el hogar- para vivir y morir en el de lo público –las calles madrileñas que representan la revolución—. Por otro lado, deja de lado la naturaleza pasiva que se le ha impuesto a la mujer e invade el campo de la acción propio del hombre con su lema repetido innumerables veces: “hacer algo”.

SOBRE LAS NOVELAS...

El Siglo de las Luces es, como ya se mencionó anteriormente, una de las novelas más representativas de Carpentier; esto por muchas razones, entre ellas podemos destacar la mencionada por Neil Larsen, quien asegura que la actualización del pasado se puede ver en Carpentier como un querer “avanzar hacia un realismo épico con coordenadas específicamente caribeñas-“ (Elmare, 73). Afirmación que tiene mucho sentido, pues Carpentier trata La Revolución Francesa –hecho histórico de origen europeo- no desde el Eurocentrismo recurrente en la gran mayoría de los estudios, sino desde las repercusiones de este evento histórico en la América insular. La tejedora de coronas por su parte, es como obra un diálogo consigo donde se plasma una visión criolla de lo europeo y una visión europea de lo americano, llegando con esto a su propia identidad americana.

CARPENTIER Y ESPINOSA

La creación literaria de Espinosa se caracteriza porque está penetrada de una visión histórica que hace de sus obras textos totalmente verosímiles, pero esa verosimilitud lograda no se debe sólo al elemento histórico sino también a la labor de identificación latinoamericana que construye a partir de éste. Hablando de La tejedora de coronas, Espinosa dice sobre lo anterior: “La historia de Cartagena no es un fin sino un medio. (…)Mi fin era mostrar las relaciones secretas entre la Europa del iluminismo y la América colonial del siglo XVIII, pero al mismo tiempo conjurar aquellos fantasmas de corsarios, frailes, damas de basquiña que asediaban sin reposo mi fantasía.” (Espinosa, 77, 2002).

Carpentier por su parte busca, a través de lo “real maravilloso americano” incluir los contextos americanos con toda su diversidad, en la cultura universal para que puedan ser conocidos y leídos. La mímesis de las cosas sólo es posible, según el escritor cubano, con la barroquización de la prosa: “La prosa que le da vida y consistencia, peso y medida al objeto, es una prosa barroca, como toda prosa que ciñe el detalle, lo menudea, lo colorea, lo destaca, para darle relieve y definirlo” (Carpentier, Tientos 35) Este interés por mostrar lo americano a través de la literatura comienza a verse en El reino de este mundo, los pasos perdidos y El Siglo de las Luces.

HISTORIA Y LITERATURA

En sociedades explotadas y oprimidas, el discurso oficial cobra una fuerza brutal ya que busca silenciar las voces de los vulnerados. Es este el caso de América, un continente cuya historia está escrita por la mano de los vencedores, que son los europeos que retornaron a casa y no la de los americanos que echaron raíces en estas tierras. En este sentido, la historia americana se ha tornado en un murmullo que por no acoger las voces de sus verdaderos protagonistas, ha quedado relegada a los anaqueles haciendo de los latinoamericanos personas enajenadas, sin memoria y, por lo tanto, sin herramientas para cambiar su condición de nacionales del tercer mundo.

Es en este contexto, que surge el escritor latinoamericano del siglo XX cuyo primer rasgo es la concientización de la disparidad existente entre el plano artístico y el plano social: “La convicción de que partieron fue el desajuste entre las formas literarias y la sociedad latinoamericana” (Rama, 100) y, por lo tanto, de una falta de compromiso frente a la realidad americana.

Al asumir esta ruptura, el escritor latinoamericano emprende un esfuerzo por la vinculación de la sociedad y las formas literarias, primeramente a modo de copia y apropiación del sistema literario europeo, pero luego desemboca en una narrativa regional desplegándose así el propio vanguardismo latinoamericano: “Hacia 1910 América latina había constituido ya un sistema propio, dentro del cual se había alcanzado (…) una riqueza de posibilidades que (…) recobra cuando la apertura focal nos permite incorporar a toda América latina como un único sistema literario común.” (Rama, 111) O como dice J. Lafforge, “algunos trataban de hacer un arte de vanguardia en un país subdesarrollado en revolución” (Rama [et al.], 22)

El contacto con el mundo europeo y sobre todo con esa concepción del Eurocentrismo fue el motor que llevó al escritor latinoamericano a iniciar, a través del lenguaje, una búsqueda de lo propio, de la identidad que América no tenía erigida; de manera que es a partir de la otredad que se desentraña la esencia del continente y se logra construir un imaginario social.

Es así como renace la literatura latinoamericana, la cual alcanza su mayor esplendor en uno de los movimientos literarios más grandes y difundidos de las tierras hispanohablantes: El Boom latinoamericano, dentro del cual se empieza a fortalecer la novela histórica como género, pues en ella “los habitantes del pasado recobran imaginariamente su calidad de sujetos y se reintegran al orden de la praxis” (Elmore, 30). De esta manera, se recrean las víctimas y los victimarios en un diálogo que no sólo trata del pasado, sino también del presente, porque como dice Espinosa “Hay que recordar siempre que en la novela, así se ocupe del pasado más remoto- Grecia o Babilonia-, el escritor asume una posición de su tiempo, porque él no puede ser sino producto de su tiempo.” (59, 2002)


Éste y Carpentier, autores latinoamericanos se remontan al mismo período –Iluminismo- para reflexionar sobre el devenir histórico de la sociedad a la que pertenecen. Es claro que el tratamiento que le dan a la época que los convoca es diferente, pues como dice Espinosa, cada autor está sujeto por su propia temporalidad y en general, a su propio contexto socio-histórico, y cabe recordar que Carpentier es cubano y perteneciente al Boom, mientras que Espinosa es colombiano y su obra aquí tratada de 1982. Sin embargo, hay algo que los une, y es que desde la revolución como posibilidad de cambio y desde lo mestizo como tema de reflexión, se esboza el perfil de una nueva identidad americana.