martes, 3 de junio de 2008

GENOVEVA, LA TEJEDORA DE CORONAS DE ESPINAS

Genoveva de Alcocer es una joven bella, hija de un militar español perteneciente a los escuadrones que batallan desde América contra Francia en el S. XVII, por lo cual ha vivido toda su niñez y parte de su juventud en Cartagena. En la historia, Genoveva es una mujer atípica por sus conocimientos sobre astronomía, su interacción con grupos intelectuales en Europa y por su comportamiento libertino que se ve reflejado en las múltiples relaciones que sostiene durante sus viajes.
Genoveva es el personaje estructurador de la novela pues es a través de sus ojos que se muestran casi dos siglos de la historia, los precedentes a la Revolución Francesa y a la Independencia de América. La racionalidad es el rasgo dominante en Genoveva; desde joven tuvo la posibilidad de interactuar con la ciencia gracias a su primer amor, Federico Goltar, hombre fundamental en su vida pues es quien la introduce en la astronomía y el saber científico, y además porque designa con su nombre uno, o tal vez el único de sus descubrimientos: un planeta que parece ser solo una estrella pero que posteriormente se reafirma como el planeta Urano.

Genoveva vive en Cartagena la dura Inquisición española y el ataque de las naves francesas lideradas por el barón de Pointis, y a pesar de la situación histórica y los impedimentos sociales, ella abandona el cuerpo del Santo Oficio, se empieza a descubrir como individuo a través de su corporeidad, se despoja de los tabúes de la época y explora su cuerpo, al principio con temor por su educación religiosa:

“(...) Pues ir desnuda era un reto para el Señor y un rayo podía muy bien partir en dos la casa, pero tendría que volver al cuarto, en el otro extremo del pasillo,(...) de suerte que me arriesgué y desceñí las vestiduras, un tanto complicadas según la usanza de aquellos años, y quedé desnuda frente al espejo de marco dorado que reflejó mi cuerpo y mi turbación, (...) del cual ahora no conseguía enorgullecerme como antes, cuando pensaba que la belleza era garantía de felicidad.” (Espinosa, 9, 1982)

Pero posteriormente lo hace sin temor alguno y emprende una búsqueda del conocimiento, una forma de prolongar la herencia de sabiduría que le dejo su amado Federico, una búsqueda de la ilustración a través del sexo. Su primer paso es dejar América y aventurarse en el viejo continente junto a Pascal de Bignon y Guido Aldrovandi, geógrafos europeos que establecen una relación amistosa y sexual con Genoveva en la ciudad amurallada.

La dualidad, entonces, acompaña siempre a este personaje; Genoveva se está moviendo ahora en constantes dicotomías: Europa y Cartagena, razón e instinto, la logia y la brujería, la claridad y la oscuridad.

La relación con François-Marie, quien después se hará llamar Voltaire, es primordial pues marca su ingreso en el mundo intelectual europeo. François la lleva a conocer La logia de Notre-Dame, a la que pertenecen también Bignon y Aldrovandi y a la que, posteriormente, Genoveva, después de unas pruebas, logra integrarse. El objetivo de esta logia era estar siempre adelante del conocimiento preguntándose el porqué y la raíz de los fenómenos sociales, preguntas que Genoveva siempre se formuló, por lo que su papel en la logia fue de gran importancia, pues además de cumplir con su tarea de difundir la logia en diferentes ciudades de Europa, en especial en España, logro allí compilar los hechos ocurridos en su Cartagena remota:

“Muy poco era lo que podíamos esperar aun de la propia logia Matritense, cuyos miembros más liberales se confesaban recalcitrantes monarquistas, pero sí pude, gracias a ese eslabón, compilar y compulsar los documentos relacionados con el sitio de Cartagena y la toma de la ciudad por el barón de Pointis, documentos que completé poco después con las relaciones que, sobre los mismos sucesos, hicieron el propio Pointis y el guardiamarina de su escuadra” (Espinosa, 352, 1982)

Esta actitud indagadora caracteriza al personaje a lo largo de la obra y es importante destacar como: “Se atreve a cuestionar conceptos históricos abstractos que desconocen la individualidad o el saber reunido en los tomos de la Encyclopèdie, ante la trascendencia de los hechos ocurridos o por ocurrir en Europa y en su misma tierra.”(Figueroa, 25)

Genoveva compendia en su discurso casi todo el saber de la ilustración; en sus viajes discute con los intelectuales de la época, desde el mismo Voltaire, hasta el pintor Hythancine Rigaud y George Washington, con quienes sostiene relaciones cercanas e incluso influye en ellos, como en el último, con quien impulsa el movimiento político que terminaría en la independencia de Estados Unidos.

La libertad de Genoveva se hace manifiesta, no en su desinhibición sexual, sino a través de su pleno desarrollo intelectual que solo puede lograr lejos del territorio americano y que está atravesado “por una visión vital centrada en la aventura, el amor o la sexualidad como formas de libertad y de individualidad. (...) Sus cánones instintivos terminan por desmontar el aparato de lo razonado” (Figueroa, 19); el concepto de razón en ella evoluciona y toma un giro diferente, para ella “la razón no es ya, como en el S. XVIII, la región de convivencia de principios y verdades eternas, sino una forma tal de adquisición del saber, cuya fuerza dinámica sólo puede comprenderse en el ejercicio continuo” (Figueroa, 23).

La logia creada en Cartagena, última tarea que Genoveva cumple, aparece como resultado de la búsqueda que Genoveva emprende junto a los europeos, es la búsqueda de ese conocimiento que siempre tuvo como fin, de ese prolongar el deseo de Federico de ser un intelectual de la ilustración, y que al final logró a través de su sexualidad y experiencia, vivencias que resume en el siguiente fragmento:

“Me había desprendido hasta de mí misma, pues ya nadie hallaría otra vez en mí, en esas tierras extrañas, a Genoveva Alcocer, a la tejedora de coronas , a la muchacha que se hizo astrónoma empírica para prolongar las huellas de un ser amado, a la alocada mujer que se fue a Europa con par de geógrafos bohemios, a la que un día fue amante del señor Voltaire, a la oscura censadora de deshollinadores de la logia de Cloitre-Notre-Dame, a la que hecho los cimientos de la logia de Madrid, a la dudosa protagonista de un drama racinesco en Aquisgrán, ni siquiera a la bruja malvada que pagó diez años en la Bastilla(...)” (Espinosa, 388, 1982)

Pero la Inquisición la atrapa de nuevo, es acusada por sus movimientos intelectuales sin permiso del Santo Oficio y apresada, esta vez para siempre, junto a la bruja de san Antero quien fue la que le abrió las puertas del conocimiento. Su trabajo está cumplido, su identidad se ha definido, ya ha dejado la semilla de la ilustración en América y ya no puede hacer nada más, su vida debe terminar allí en su celda. Genoveva Alcocer muere por nunca abandonar su objetivo.

Es la transgresión de lo ya establecido, el afán de conocimiento, la búsqueda de lo diferente, de lo no conocido ni determinado, de la propia identidad que se traduce en la identidad americana lo que hace de Genoveva un ícono de mujer latinoamericana.

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